Por: Guillermo Arosemena Arosemena

Históricamente, los países con mayor nivel de vida y progreso son aquellos cuyos gobernantes crean las mejores condiciones para el desarrollo empresarial. La explicación es elemental, los empresarios son los que inician negocios, contratan mano de obra y pagan impuestos. En la Antigüedad, los fenicios fueron prósperos por su habilidad de grandes comerciantes en un mundo donde el Estado no afectaba el trabajo de ellos. Lo mismo sucedió en siglos posteriores. En la Edad Media, las ciudades italianas Florencia, Venecia y Génova fueron las más ricas y prósperas del mundo, por la capacidad innovadora de sus empresarios; a ellos se debe la contabilidad de doble partida, el seguro marítimo, la banca como se conoce actualmente, las matemáticas financieras, etc. En los siglos posteriores, Holanda, siglo XVI y XVII; Inglaterra XVIII y XIX; Estados Unidos, XX y lo que va del XXI, tuvieron supremacía económica por la creatividad e innovación de la clase empresarial. Sin el trabajo y esfuerzo del agricultor, comerciante, industrial y resto de las actividades productivas privadas las personas no hubieran salido de las cavernas. Si todos los gobiernos del mundo hubieran tenido la forma de pensar de la reina Isabel I de Inglaterra (1533-1603) de que para ser políticamente poderoso, primero hay que ser económicamente poderoso, la pobreza sería mínima o hubiera desaparecido.

Desde fines del siglo XIX, los estudiosos del desarrollo económico admitieron que la geografía y el entorno físico son importantes para lograrlo. Uno de ellos, el francés Edmond Demolins, afirmó, “Si la historia de la humanidad tuviera que comenzar nuevamente, sin que se produzca ningún cambio en la superficie de la tierra, en términos generales se repetiría nuevamente “. Más recientemente, el profesor historiador de la Universidad de Harvard, David Landes, en su obra, La riqueza y pobreza de las naciones, ¿por qué algunas son tan ricas y otras tan pobres? analiza cómo desde la antigüedad, los pueblos que tuvieron acceso al mar lograron prosperar más que aquellos que se encontraban en el interior. Hay pocas excepciones, entre ellas Suiza. La teoría se valida comparando el desarrollo económico de Guayaquil en la historia con el de las ciudades del interior del Ecuador.

El espíritu empresarial de Guayaquil no se queda atrás del de los países mencionados. Una de las fuentes de aliento ha sido la tolerancia de la sociedad guayaquileña: abierta a cambios, nuevas formas de pensar y abrir las puertas a los forasteros nacionales y extranjeros. Holanda se convirtió en la principal potencia mundial en el siglo XVII, por ser el primer país europeo en abrir las fronteras a gente de otros reinos. Dentro de la rigidez social que prevalece en el Tercer Mundo, Guayaquil ha sido el lugar donde es posible hacer fortuna o por lo menos vivir con comodidad, sin haber nacido en hogares privilegiados. Son numerosos los casos de empresarios que comenzando muy pequeños, por el producto del esfuerzo tesonero, se convirtieron en grandes empresarios. Ha sucedido con guayaquileños de nacimiento y de corazón, nacionales o de otros países.

Siendo ciudad de oportunidades para nacionales y extranjeros, Guayaquil se convirtió en imán para los que ambicionan tener mejor nivel de vida. Muchos no han tenido necesidad de emigrar a Estados Unidos para ver realizados sus sueños. Esta ciudad está llena de historias de microempresarios convertidos en colosos. Las historias de triunfo de gente que sin recursos económicos, logró crear negocios, generar mano de obra y acumular riqueza, datan desde su fundación. He escrito sobre numerosos “self made men”: Luzarraga, Calero, Coronel, Tous, Aspiazu, Durán, Rivas, Rosales, Guzmán, Morla, Burgos, Seminario Cobos, Valdez, Puga, Moeller, Reyre, Maspons, Madinya, Kruger, Orrantia, Bruno, Rodríguez, Cordovez, Parodi, Puig Mir, de Prati, Frugone, Vilaseca, Trullas, Marcos, Vignolo, Noboa, Caamaño, Vallazza, García, Jaramillo, Puig, Wong, etc. Son más de un centenar de empresarios que aspiraban a un mejor futuro y lo lograron. Recuerdo cuando Víctor Maspons Bigas me comentó que su padre Pedro Maspons Camarasa llegó a Guayaquil con una libra esterlina y al día siguiente había conseguido empleo en una botica. Él había trabajo en la misma actividad en Barcelona. Así comenzó quien en   cuatro décadas se convirtió en el mayor exportador de café del país y uno de los más importantes empresarios. Muchos de los apellidos mencionados han desaparecido del mundo empresarial o sus descendientes dejaron de ser grandes empresarios. Es la ley de la vida empresarial, las familias tienen ciclos económicos, de no tener capitales se convierten en poderosos capitalistas para luego perder lo que los ancestros hicieron. Nuevas generaciones inician nuevos ciclos. Los logros del siglo XIX se repitieron en el XX y en el siglo XX, pequeños empresarios por su iniciativa, capacidad de trabajo, perseverancia y otros valores, crearon grandes negocios e hicieron importantes contribuciones a la ciudad. Lo están haciendo actualmente.

La tolerancia de la sociedad guayaquileña incluyó a los extranjeros, quienes en poco tiempo se integraron a ella y se asociaron con empresarios guayaquileños. Así mismo, extranjeros ocuparon importantes puestos: El segundo presidente de la Cámara de Comercio de Guayaquil fue de Panamá y posteriormente hubo otros. El primer Director de la Junta de Beneficencia de Guayaquil fue panameño y entre los miembros hubo extranjeros de diferentes nacionalidades. Esta apertura en el nombramiento a cargos importantes sin necesidad de haber nacido en Guayaquil todavía perdura. Hace pocos años, un distinguido empresario de Quito ocupó la presidencia de la Cámara de Industrias de Guayaquil. Agripac es una empresa de propiedad de un británico que comenzó desde abajo, llegó a Guayaquil para representar a un proveedor británico y posteriormente se independizó. Se encuentra entre las 50 más grandes del país.

La expresión Madera de Guerrero no es slogan político, define las características del guayaquileño a través de la historia de la ciudad, especialmente la de los empresarios. Y es que no ha sido fácil para ellos salir adelante, han tenido que enfrentar la adversidad y superarla. Los incendios, ataques piratas, enfermedades tropicales, indiferencia de los gobiernos centrales, leyes absurdas, entre otras causas, fueron enormes barreras que debieron escalar los empresarios, salieron adelante. De un poblado que por falta de habitantes y por ende de mano de obra, no podía producir ni generar riqueza, para la primera década del siglo XIX Guayaquil pasó a ser la principal fuerza productiva del país. El espíritu mercantil de los guayaquileños quedó oficializado en la primera constitución de Ecuador, el Reglamento Provisorio de Gobierno (1822) de José Joaquín de Olmedo: El comercio será libre por mar y tierra con todos los pueblos que no se opongan a la forma libre de nuestro gobierno (artículo tercero).

La incuestionable capacidad de emprendimiento hizo que los guayaquileños fueran los primeros en traer la modernidad a Ecuador: telefonía, electricidad (excepto ingenio Valdez), uso del cemento, vehículos motorizados, tractores, canal de televisión, internet, etc. e instituciones: cámara de agricultura, cámara de comercio, bolsa de valores, etc. Los grandes inventos externos fueron aprovechados por los empresarios. La capacidad emprendedora de no temer a lo desconocido e incursionar en negocios, a pesar de los riesgos, han sido fuentes de riqueza colectiva y han generado recursos al sector público. Guayaquil tuvo el primer conglomerado empresarial a fines del siglo XVI y la primera empresa multinacional funcionó a fines de la colonia y la segunda en los primeros años de la Independencia de la ciudad. Durante el último siglo colonial, Guayaquil aportó con 40% de los ingresos de la Audiencia de Quito y sus tributos ayudaron a financiar obras dentro y fuera de la Audiencia de Quito

El despegue de Guayaquil como motor empresarial de Ecuador no surgió de la noche a la mañana, tomó siglos, no por la indiferencia de sus habitantes, sino debido a la falta de población. A pesar de ser una reducida cantidad de personas, ellas se especializaron en la construcción de naves, teniendo habilidades y destrezas, que hicieron de los astilleros de Guayaquil, los más importantes de la costa del Océano Pacífico de la América Española. La Corona Española hizo construir sus galeones en Guayaquil y cuando las unidades de la Armada del Mar del Sur, nombre dado al Pacífico, necesitaban repararse, también usaban nuestros astilleros de esta ciudad. La citada armada era responsable de proteger los galeones que transportaban los metales preciosos a Panamá para trasbordo a Europa. La gran reputación continuó durante las primeras décadas del siglo XIX. Lord Cochrane, inglés que participó en la Independencia de Chile, pasó más de un mes en Guayaquil, mientras se reparaban sus barcos averiados durante las guerras navales. En las crónicas de extranjeros, se lee sobre la gran calidad del trabajo en madera y demás profesiones en la construcción de naves. El conocimiento de carpintería sirvió para trasladar la ciudad del cerro al sitio actual a partir de 1692, y construir un puente de más de 400 metros de largo entre la Planchada y la calle Víctor Manuel Rendón, área difícil de transitar por la existencia de esteros. Aparte de los astilleros, los negocios fueron muy limitados durante los primeros dos siglos de la vida colonial. En una ciudad tan pequeña no podía haber mayor actividad, entre otras causas, por falta de rentas que los representantes de la corona recaudaban en impuestos y préstamos no reembolsables para enviar a España. Las actas del Cabildo de Guayaquil describen la estrechez económica del gobierno local. En una de ellas, Isabel García de la Peña reclama no haberse recibido el pago de 7000 pesos adeudados a su padre, como constructor de casas del Cabildo.

La corona española tenía el monopolio, llamado estanco, de numerosas actividades económicas y por no tener estructura eficiente en sus colonias, las remataba al mejor postor. Entre ellas se encontraban: tabaco, sal, brea, bodegas, carnicería, etc. Este sistema económico se prestaba para la corrupción y el favoritismo a un reducido número de personas. En el índice de las Actas del Cabildo hay abundante información sobre la mayoría de las actividades señaladas, por ejemplo en la del 25 de enero de 1632 se lee lo siguiente:” …el presente escribano dijo haberse cumplido el término de los pregones de las carnicerías y que han ofrecido por sus fiadores…” El Cabildo dio trabajo para cubrir servicios básicos que incluyeron prender y apagar los faroles que iluminaban la ciudad y administrar el hospital de la ciudad.

Como puerto, Guayaquil tuvo intensa actividad con el comercio exterior, por lo que tenía muelle; durante la colonia fue limitado, pero dio trabajo a la gente en actividades de carga y descarga de bienes. Entre los productos exportables antes de la Independencia estuvieron: madera, brea, zarzaparrilla, suela, tabaco, sal, pita y cera. El cacao se exportó en cantidades muy pequeñas hasta fines del siglo XVIII. Las importaciones consistían en hierro, artículos de vidrio, ropa, papel, vino, juguetes, joyas, etc. Con la independencia la exportación de cacao aumento y posteriormente se incorporaron otros productos como tagua, café, algodón, etc. La mentalidad comercial del guayaquileño y su deseo de intercambiar bienes con otros pueblos también están escritos en la primera edición del primer periódico de nuestra ciudad, el Patriota de Guayaquil. Con el título Memoria sobre el comercio y agricultura, la noticia lee: “El comercio, que fomentando la agricultura, derrama sobre los pueblos la riqueza, la abundancia y la prosperidad, está llamado imperiosamente a esta provincia, que le presenta todos los atractivos imaginables. Su localidad, sus puertos, […] sus frutos la hacen en el Sur el centro de las especulaciones mercantiles, pues ninguna otra puede presentar tantas comodidades reunidas”.

Con la crisis obrajera, que dejó en el desempleo a miles de indígenas en las provincias de la sierra, se dio importante migración de ellos a la costa, siendo Guayaquil la ciudad más beneficiada. En poco tiempo hubo suficiente mano de obra para iniciar la siembra de cacao y otros productos. El incremento de la mano de obra vigorizó la agricultura, comercio y demás actividades productivas. En apenas veinte años, la población casi dobló a 20,000; para 1886 nuevamente dobló.

Tiendas en Alquiler en propiedades en Guayaquil – 1812


Fuente: Lista de las casas en el centro de Guayaquil 9.VII.1812. AH/bmg, Doc.31.